+ Yo no escogí enamorarme de ti. Pero la primera vez que te besé nuestros dientes se rozaron por una milésima de segundo y fue increíble. La hora exacta de ese beso eran las nueve y cincuenta y dos, quité la pila del reloj para que se quedara la hora detenida para siempre, parada. El minuto exacto en el que me besaste, está metido en un reloj, para siempre. Y ya nunca sé qué hora es, pero me da igual. Desde entonces miro constantemente el reloj. ¿Sabes lo qué me gustaría? Estar tumbado contigo, sobre la hierba, mirando la luna esa naranja que hay algunas noches de verano y que empezara a nevar. Y sentir los copos en la cara, y que estés a mi lado.